Mi propia antifragilidad para crecer

octubre 25, 2022

Llevo unos días pensando en mi forma de evolucionar. He reflexionado mucho y no sé si alegrarme porque la conclusión escuece.

Coge gasas y oxígeno que igual te pica también.

Seguro que te suena lo que es una supernova. Y si no te suena, te lo resumo de manera breve: es la explosión de una estrella que se manifiesta de manera notable.

Así es, booooom!, y se convirtió en chocapic.

Ese boom es debido a que la estrella tiene al menos 5 veces el tamaño de nuestro sol (que pequeño no es). La estrellita quema tanta energía en su núcleo que el calor generado provoca una presión increíble. Lo que viene a continuación es un brillo que ni tú en tus mejores salidas nocturnas generas.

Pues eso me pasa a mí. Me caliento tanto la cabeza, y genero tanta presión que me autodestruyo.

¿Cuál es el motivo?

Bueno, el overthinking tiene parte de culpa, seguro. Entre eso y que me exijo el 110% pues c’est la vie. Es un super poder porque consigo cosas muy buenas pero cuando creo que la cago, tengo esa pequeña condena de exigirme mucho a mí mismo.

He aprendido que es un pequeño precio a pagar por conseguir lo que me propongo. Solo que a veces, ese precio me pesa. Se manifiesta de muchas formas: ansiedad, tristeza, comidas de cabeza, decirme que no merezco ciertas cosas... lo de siempre.

Cuando tengo tanta presión, reviento y brillo. Es curioso. Obvio me siento como una mierda, pero el reventar hace que me exija el 200% en todos los ámbitos de mi vida para recuperarme.

Después de la explosión, brillo.

El problema es que cuando exploto no suelo estar solo, tengo otras estrellas alrededor que me importan y a las que causo daño. Me ha pasado pocas veces, y es totalmente mi culpa por muchos eventos externos que hayan ocurrido a mi alrededor.

Y me jode. Me jode mucho. Y me jode más que me joda mucho.

Sí que es cierto que exploto muy poco, pero cada vez que exploto brillo más.

Entreno el doble.

Trabajo muchas más horas.

Invierto en mi bienestar y me desarrollo como un loco.

Siempre que me rompo, me reconstruyo desde dentro hacia afuera. Igual tú te has roto alguna vez, si no te has roto, mucha suerte para la ostia. Si has visto a otros romperse, habrás visto dos patrones bien diferenciados.

1. Los que se rompen y para arreglarse buscan una validación externa. Más fácil que nunca en la sociedad actual con las redes sociales. Suben una foto, 1000 likes. Si están buenos o buenas, salen en busca de ligar, de que les digan piropos y en definitiva, que les suban la moral.

2. Los que se rompen y para arreglarse buscan una validación interna. Quizás la más complicada porque te toca picar piedra a ti mismo. Buscas mejorar como persona. Entrenas duro, mejoras tu mentalidad y creces. Te centras en tus proyectos y en ti.

El primero mira por la solución a corto plazo. Una sensación efímera de satisfacción y validación que se termina cuando llegas a tu casa. El segundo, es largoplazista y mira únicamente por ti.

Por suerte, soy de los segundos. Y aunque duele más al principio, es mejor a la larga. Aún así, cuando la cago, me exijo demasiado.

Como si algo hubiese fallado. Como una penitencia a mí mismo. Como si todo el trabajo que he hecho antes no fuese suficiente.

Sigo diciendo, esto no me viene solo por mí. Efectos externos me ayudan a explotar. Pero me siento totalmente responsable.

Cuando un proyecto no funciona como quiero, cuando la que me gusta se va con otro o cuando algo no sale como lo tenía planeado (lo normal, vamos). Como si la vida me debiese algo y las cosas debiesen salir como yo espero.

Tengo claro que tengo que controlarme más, y aprender de ello. Por eso, me exijo cada vez el doble. Para mejorar.

Lo único que puedo hacer es pedir perdón a aquellos a los que fallo. Y a mí mismo. Es curioso, porque brillo más, pero siento que hago daño al resto. Y en cierta medida, a mí mismo.

Me pasa como a Tote, "mi mente descansa en movimiento como un tiburón". Y no para. La muy puta no se queda sin gasolina. Solo para cuando la reviento a deporte de alta intensidad o cuando bebo y mi voz en off se calla. No te recomiendo ninguna, aunque si te decides, mejor la primera.

Intento analizar qué me lleva a explotar. Ya te he hablado de factores externos, pero hay otros internos claramente. Quizás son los peores.

Todas las personas tenemos un escudo para defendernos del resto. Yo conozco el mío, y es una buena arma de autodefensa. El problema viene cuando usas esa autodefensa para evitar situaciones que te acaban estallando en la cara.

Decía Carl Jung que todos tenemos una sombra. Algo oscuro que tenemos y que casi nadie conoce. Es una parte inherente de nuestra personalidad, imposible de deshacernos de ella. Y esa sombra a veces llama a la puerta de tu alma.

Todos tenemos que enfrentar a esta sombra por primera vez. Y es una batalla que asusta. Asusta bastante. Encontrarse con uno mismo es jodido. Yo por suerte, me gusta estar solo. Y me he conocido bastante. Creo que conozco bien todas mis sombras y todas mis luces.

La primera ronda de la batalla consiste en darse cuenta de esa sombra. De lo que nos produce. Sacamos nuestro inconsciente a relucir.

Esa sombra es todo lo malo que tenemos. Agresividad, crueldad, depravación, avaricia, brutalidad… todo eso se junta para conformar nuestra sombra en menor o mayor medida.

Si quieres evitar que esa sombra gane, tienes que ser consciente de que puedes convertirte en un monstruo con esas cualidades oscuras.

Lo que tienes que hacer, es no verlo como una batalla. Sino como algo existente dentro de ti. Que está ahí y forma parte de ti. Intégrala en ti y no la veas como una abominación. Mírala como una parte vital de tu ser.

No hay día sin noche.

No hay comienzo sin final.

No hay lluvia sin agua.

Tenemos (y me incluyo) que aceptar que, si existe una luz, existe una sombra. Y ambos forman lo que somos.

Conócete a ti mismo y averigua quién eres.

Lo más abominable de la parte humana también vive en ti. Cuando intentas ser perfecto, la sombra crece aún más, aunque no lo veas.

Minimizarlo o echar balones fuera, no sirve de nada. Tienes que integrar esa sombra con todo lo que tienes reprimido. Tanto lo bueno como lo malo.

Imagínate si fuese capaz de expresarme siempre en vez de reprimirlo. Esos instintos normales, reacciones, intuiciones, impulsos que guardamos y que, si supiésemos usar, jugarían a nuestro favor.

Atrévete a descender a tu abismo y confronta todos los rincones oscuros de tu ser. El héroe es aquel que enfrenta el dragón y lo vence. No el que hace como si no existiera.

“No es posible despertar la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad.” – Carl Jung.

Escribiendo este artículo no he podido evitar pensar en Taleb y su libro "Antifragilidad: Las cosas que se benefician del caos". Si conoces a Taleb, seguro que te suena el concepto. Si no lo conoces, te lo cuento brevemente.

Para Taleb, un objeto antifrágil es aquel que se beneficia de los golpes de la vida. No se trata de ser robusto, sino de ser antifrágil. Algo robusto aguanta los golpes, algo antifrágil se beneficia de ellos y crece cuando los recibe.

Siento que con los años me he vuelto antifrágil y crezco con las adversidades. No me malinterpretes, es algo muy bueno y que todo el mundo querría. Lo único que a veces no me permito ser feliz y parece que vivo (solo) buscando esas propias adversidades.

Está bien querer mejorar, pero también lo estar disfrutar de lo que consigues sin auto sabotearte. Es como si disfrutase tanto el camino, que cada vez que voy a alcanzar una meta, reinicio y mando todo a la mierda para volver a pelear el camino.

Sigo viviendo. Sigo aprendiendo.

Tanto si eres de los míos como si no, espero que esto te haya ayudado y que tú también sigas creciendo.

Conviértete en Antifrágil y permítete disfrutar de la vida sin buscar la explosión. Deja que llegue.

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